Me hice economista y feminista por aparte. La colisión de estos dos mundos me tiene revolucionada la cabeza.
De todos los útiles conceptos que aprendí en la Escuela de Género y Economía, el que más me ha impresionado como herramienta de análisis es el de Bargaining Power, que traduce “poder de negociación”. Tras unas semanas del curso, no tengo dudas de que el hallazgo de este concepto se erige como la segunda gran epifanía en mi carrera de economista.1 Desde entonces, no puedo dejar de ver las implicaciones de este concepto en todas partes. Si al interior del hogar, o en una pareja, una de las personas no tiene ingresos propios y la otra sí –manteniendo todo lo demás constante– no es difícil imaginar quién tendrá el mayor poder de negociación para incidir en las decisiones del hogar. Si una de las personas no puede heredar tierra, ni conducir un auto, ni desplazarse libremente de un lugar a otro a la hora que quiera, es de suponer que esta persona tendrá un menor poder de negociación que otra que sí tenga estas decisiones en sus manos.
El concepto del “poder de negociación”, como herramienta para analizar las relaciones de género, tiene sus orígenes en las críticas al modelo de familia unitaria de Gary Becker (1965). En términos breves, el modelo de Becker encuentra que la decisión más eficiente para los hogares es la especialización perfecta del trabajo -al mejor estilo de los modelos clásicos micro-fundamentados de comercio internacional-: que alguien se especialice en obtener ingresos fuera del hogar y que otro se dedique exclusivamente a realizar el trabajo al interior del hogar, el trabajo doméstico. A esta conclusión llega el modelo no bajo preceptos morales, sino bajo preceptos de eficiencia: de esta manera la utilidad del hogar como un conjunto sería más alta.
Sin embargo, como en las críticas a los modelos de comercio internacional -que encuentran la mayor eficiencia en la especialización basada en la ventaja competitiva-, el agente que se especialice en la producción “menos valorada”, y con menos posibilidades de crecimiento estructural, verá disminuidas sus posibilidades de negociación al largo plazo y percibirá una utilidad menor. El país que se híper-especialice en producir oro o petróleo quedará económicamente atrofiado cuando este recurso se le acabe o cuando ya no sea demandado. Sosteniendo esta metáfora, la persona que se retire del mercado laboral remunerado durante años y se dedique exclusivamente al trabajo no remunerado al interior del hogar, disminuirá sus posibilidades de conseguir ingresos propios en el largo plazo. Tampoco cotizará a pensión, y con ello, tendrá menos opciones de salir del hogar si en algún momento lo desea, pues será económicamente dependiente de otras personas.
En el mismo sentido, el modelo de Gary Becker suponía un jefe de hogar altruista, que tenía en cuenta las preferencias “del hogar” como una unidad, ignorando la individualidad de sus miembros. El hogar como un pequeño estado cuyo “dictador benevolente decide lo que es mejor para todos y todas”.2 De hecho, en muchas familias, y en diversos contextos, este sigue siendo un paradigma que genera mucho sufrimiento y determina relaciones asimétricas de poder: “mientras usted viva bajo este techo, hace lo que yo digo…”.
¿Cómo librarse de ese dictador que dista de ser benevolente y con el que no se tiene poder de negociación? Pues viviendo bajo otro techo. Pongamos un sencillo ejemplo: imaginemos un dictador al interior del hogar – digamos, el padre – que debido a sus preferencias quiere imponer su voluntad en todas las decisiones de otra persona del hogar –digamos que su hija –. Supongamos que el padre sabe que su hija tiene posibilidades reales de irse de casa por alguna razón: ya sea porque tiene unos tíos adinerados que la adoran y la recibirían, o porque es inteligente y proactiva y se gana una beca con manutención o porque consiguió un empleo con ingresos suficientes para pagarse un arriendo o porque su abuelo le heredó un lote que ella puede vender o arrendar para que le genere una renta.
En este caso el padre tiene dos opciones: la primera es seguir imponiendo su voluntad y que su hija se vaya de la casa y la segunda es ceder un poco de su poder de negociación y “permitir” que su hija tome ciertas decisiones individuales que, en principio, a él le molestan – por ejemplo, salir de fiesta hasta tarde o usar minifaldas- y que, de esta manera, ella permanezca viviendo en la misma casa de él durante algunos años más. Esta última posibilidad de que la hija gane un poco de poder de negociación frente a su padre surge precisamente porque ella tiene una posibilidad real de irse de casa: una amenaza creíble de salida.
Pero si esta amenaza no existe, el padre no tiene ningún incentivo económico -el incentivo moral es más discutible- para perder poder de negociación frente a ella y ella tendrá que aguantarse esta situación de imposición, cediendo en sus decisiones individuales, e incluso exponiéndose a situaciones de violencia. La posibilidad real de salida incrementa el poder de negociación de ella y le permite, con ello, acceder a decisiones que le procuren un mayor bienestar. De esta manera, nos damos cuenta de que el acceso individual a ciertos elementos, como una red de apoyo (unos “tíos ricos” en el ejemplo), el acceso a ingresos propios, a oportunidades de educación o a la propiedad de activos que generen rentas, incrementa el poder de negociación de las personas. En este sentido, McElroy (1990) plantea ciertos “parámetros ambientales” o externos al hogar -como los ingresos, la riqueza de la familia extendida y la estructura legal (que permite o no el divorcio)3- que afectan la posibilidad real de salir del hogar.
Si el poder de negociación fuera simétrico, entonces cada individuo podría elegir sus mejores opciones a nivel individual y negociar en las decisiones comunes y más estratégicas del hogar (como adquirir activos, por ejemplo) de manera que la utilidad individual se maximizara como resultado de dicha cooperación. Y si no hay puntos de encuentro y no es posible negociar, entonces los individuos podrían decidir retirarse del hogar. Bajo poderes de negociación simétrico, este sería ese un mundo sobrio y civilizado, con mínimas posibilidades de violencia.
Sin embargo, a lo que nos enfrentamos es a un mundo de relaciones con poderes de negociación asimétrico: las relaciones entre los seres humanos no son neutras, y dentro de ellas, las relaciones de género tampoco lo son neutras. Entonces, hay un hito que es necesario decir en voz alta, porque hay que reconocer donde uno está para saber a donde uno quiere llegar: las mujeres, de manera general y estructural, hemos crecido con menor poder de negociación que los hombres.
En este sentido, hablar de empoderamiento de las mujeres significa hablar del incremento de su poder de negociación, tanto al interior como fuera del hogar. No se trata el empoderamiento de que las mujeres tomen solas las decisiones del hogar o de que manden sobre los hombres, sino de que tengan un poder de negociación que no las ponga en desventaja de manera estructural y sistemática. Lo primordial es que, cada individuo viva en la libertad de tomar, como mínimo, las decisiones sobre su propia vida. Cuán elocuente fue Mary Wollstonecraft, la autora de Frankestein y una de las más recordadas feministas de la era moderna, cuando dijo: “No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas”. Y este poder de negociación se incrementa cuando se incrementan las posibilidades reales de independencia.
Esta posibilidad de independencia se incrementa con el acceso a oportunidades de fortalecimiento de capacidades, ingresos propios, redes de apoyo, acceso equitativo a activos, auto-confianza. Y para que sea posible el acceso a estas oportunidades, es necesaria una configuración material, educativa, institucional, legal y cultural libre de roles de género basados en estereotipos. Con esto hemos llegado al core, al núcleo de este asunto: la necesidad de la transformación cultural que de-construya el patriarcado, entendiendo patriarcado como la estructura que sistemáticamente reproduce desventajas culturales y materiales para las mujeres y perpetúa relaciones de género asimétricas. Los roles de género continúan minando la autoestima de las mujeres, la forma como se relacionan con sus parejas y sus jefes, la forma como distribuyen su tiempo y como negocian las tareas del hogar con los demás miembros que también son responsables de las mismas. En este punto, es necesario mencionar que los roles de género limitan también a los hombres, en aspectos como la participación en el cuidado y la sana expresión de sus emociones, lo que también incide en el largo plazo en sus capacidades y su bienestar. Desarrollar esto sería un tema de otro articulo.
En este sentido, adquiere también un papel protagónico el estudio de la economía del cuidado, cuya medición comenzó a gestarse, internacionalmente, desde la Conferencia de Beijing de 1995, con el fin de lograr el reconocimiento y la valoración del trabajo domestico y de cuidado, que es desempeñado mayoritariamente por las mujeres. Este sector ocupa tanto tiempo – pues todos los hogares producen y necesitan de este trabajo – que si se pagara sería el sector más grande de la economía (aproximadamente el 20% del PIB en Colombia, según la Cuenta Satélite de Economía del Cuidado del DANE). La falta de reconocimiento de que este trabajo es un trabajo y de que todos los seres humanos requerimos de este trabajo (ya sea producido por nosotros mismos o por otras personas que son remuneradas o no) ha conducido a una insuficiente valoración de su importancia. Como dicen algunos elocuentes graffitis: “Eso que llamas amor es trabajo no pago”. Ya sea una decisión basada en generosidad o en obligación, o las dos, la decisión de dedicar más tiempo al trabajo domestico trae unos costos de oportunidad (por ejemplo, renunciar a ingresos propios) y unos beneficios (por ejemplo, consumir comida de mejor calidad o ver crecer a los hijos) que impactan el poder de negociación de las personas, de acuerdo a elementos como la valoración del trabajo doméstico. Si un hogar valora dicho trabajo, es posible que quien lo desempeña tenga mayor poder de negociación que en un hogar en que este trabajo no se agradece, se considera algo fácil y se toma como dado. En esta medida, es evidente que para las mujeres este tipo de decisiones (cuidar y trabajar) no son sencillas; y que la existencia de estereotipos de género incide en las decisiones de manera distinta en las mujeres y en los hombres. La economía con sus herramientas de análisis puede contribuir a evaluar los costos de estas decisiones en diversos contextos y las mejores alternativas para cerrar las brechas.
En este punto, esta epifanía cobra un conmovedor sentido a nivel profesional y personal. Por un lado, decidí estudiar economía, hace más de doce años, motivada principalmente por la curiosidad de comprender la estructura de la pobreza y la esperanza de aprehender y generar herramientas para solucionarla. Tenía que haber una manera de utilizar mejor los recursos para que nadie tuviera que vivir en condiciones tristes y precarias. Sin embargo, pasarían varios años desde que inicié en primer semestre de Economía hasta que llegara a la primera clase de política social. Me desmotivé varias veces, al ver que todas las decisiones tenían sus contras, que las políticas públicas generan trampas, que las transformaciones estructurales son muy largas. Por otro lado, durante años reñí con la imperfección y simplificación de las metodologías cuantitativas y me dediqué a cursos más humanistas. Y por situaciones de mi vida personal, me reconocí como feminista, consciente de que ninguna condición biológica debería definir lo que las personas pueden y quieren ser y hacer.
Tras el panorama que aquí he descrito, en el que concluyo que el cierre de las brechas entre hombres y mujeres debe partir de la eliminación de estereotipos, y de la consciencia de que las relaciones de género son asimétricas; encuentro en las metodologías cuantitativas y en el análisis de datos que concretan esta evidencia, un arma infalible para señalar que estas brechas existen y persisten, a pesar de todas las ganancias, y que con ello, existe la necesidad del cambio cultural. El análisis de las brechas laborales, la inequidad en la repartición del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, la violencia intrafamiliar, y la existencia de amplios porcentajes de la población que están de acuerdo con rígidos estereotipos y roles de género son campos en los que queda mucho por construir y comprender y la manera como logremos transmitir estos mensajes de forma contundente tendrá mucho que ver en el reconocimiento de que la existencia de relaciones de género asimétricas no es una problemática aislada y de que el feminismo no es más que una demanda razonable de libertad.
Publicado por
Karen Garcia Rojas
Asesora en estadísticas para la equidad de género y parte del Grupo de Enfoque Diferencial e Interseccional de la Dirección General del DANE
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