Por los azares inherentes a la vida, sin buscarlo ni planearlo he ido enfocando mi campo de investigación en el género y la sexualidad, y sus relaciones con el mundo del trabajo. Si me lo hubiesen vaticinado hace unos años no lo hubiese creído, pues hace menos de una década ustedes hubieran podido escucharme decir cosas como “ni machismo, ni feminismo”, “mucha loca” (al referirme a alguien con ademanes delicados) o “que follen, pero que no adopten” (cuando hablaban de parejas homosexuales).

Y lo cito explícitamente, porque hice una revisión exhaustiva de mi Facebook hace algunas semanas tratando de borrar todas estas frases escritas por mí que hoy en día me avergüenzan. La importancia del lenguaje y como nos comunicamos es algo que aprendí leyendo a Judith Butler; una autora y filósofa feminista de Estados Unidos. A ella le debo el ser más consciente a la hora de hablar y expresarme sobre otras personas. Especialmente con respecto a las minorías, a cuyas personas trato de escuchar, leer y conocer para saber cómo referirme a ellas sin ser irrespetuosa ni faltar a su verdad.

Aunque tengo y tuve muchos amigos homosexuales, mi interés por las disidencias sexuales y de género no comenzó como tal hasta que vi un documental sobre unas mujeres trans hablando de su vida. No recuerdo el nombre de la pieza visual, pero una frase que pronunció una de las protagonistas, quien se había sometido a la cirugía de cambio de sexo, me quedó dando vueltas en la cabeza: “yo corregí lo que Dios hizo mal”.

En ese momento de mi vida estaba pasando por un tránsito espiritual en el que comenzaba a dudar de mi religión –lo que culminó en mi ateísmo actual– así que esa frase me pareció sumamente poderosa y valiente. El hecho de que esta mujer trans hubiese tenido la osadía, con su sola existencia, de desafiar todos los preconceptos sobre la biología, la estructura de la sociedad y la misma religión, me pareció profundamente revolucionario.

Después tuve la oportunidad de irme a Brasil a cursar una maestría en Ciencias Humanas y Sociales becada por la OEA, donde mi tema de investigación giraba en torno a las personas trans y el mercado laboral. Me sumergí entonces en una larga lista de definiciones, símbolos y narrativas ajenas a toda mi realidad heterosexual, cisgénera y blanca. Comprendí que ignoraba todo un mundo (el cual decidí descubrir al elegir mi tema de investigación) y tuve la fortuna de encontrar grupos de personas trans abiertos a todo público, donde se reunían a conversar sobre sus retos y vivencias. Allí me senté a escucharles, a aprender y a cuestionarme, no sólo mis privilegios, sino también mi sexualidad.

Cuando salía de estos encuentros, llegaba a mi habitación y trataba de rebobinarlo todo, de entender y aprehender sus palabras. En una ocasión, hablando de los genitales, ellas indicaban que ser mujer u hombre no radicaba en lo que tenían entre las piernas, pues cuando a un hombre le quitan el pene no deja de ser hombre. Esto hizo explotar mi cabeza: “¿entonces cómo sé que soy mujer si esto no radica en que tengo vagina o en los roles de género que se me impusieron?”, pregunté a una de las participantes, a lo que me respondió que simplemente se sentía, que ella a los 3 años ya lo sabía, y por esto vestía ropa de niño.

Recordé a la protagonista del documental que tanto me había impactado y me di cuenta que no estaba “corrigiendo” su cuerpo, porque no había nada de erróneo con él, sino que ella quería corresponder físicamente a unas lógicas heterocisnormativas dominantes en nuestra sociedad, donde las características corporales deberían amoldarse a los preceptos de nuestra cultura machista y patriarcal.

Me explico: no es necesario tener busto voluminoso, trasero firme y vagina para ser mujer, por lo que las hormonas, cirugías estéticas y el famoso cambio de sexo no modifican el género de la persona, porque ello viene de adentro, del sentir. No obstante, al ser estos patrones lo establecido como normal, algo fuera de ello se etiqueta como erróneo, y ya sabemos lo que le pasa a lo que se percibe como diferente: se busca negar, anular y/o erradicar.

Todas estas aprehensiones me alentaron también a buscar referentes teóricos capaces de darme luces desde la academia sobre lo que comprende el género. Allí encontré autoras maravillosas como Judith Halberstam, Beatriz Preciado, Berenice Bento y Larissa Pelucio, entre otras, que me ayudaron a entender cómo abordar, desde el punto de vista sociológico, este vasto mundo de lo queer y lo trans.

Ahora bien, siendo economista y enfocando la investigación en temas de políticas públicas y economía del trabajo, quería incluir también autores y autoras economistas que me guiaran sobre cómo enfocar estas teorías sobre mercado laboral a las personas trans, pues sufren condiciones específicas de discriminación y violencias. No encontré en ese momento. Por lo que me limité a hacer aproximaciones sobre qué pasaría si estas personas fueran incluidas en los análisis económicos, qué particularidades deberían tenerse en cuenta para así poder analizar programas de empleo dirigidos a esta población.

Creo que la falta de estudios en este tema por parte de economistas tiene que ver, en parte, a que no cuenta con datos registrados. Conocemos de oído que las personas trans son subvaloradas en todas las esferas de la sociedad, sabemos que no pueden expresar libremente su género porque cuando lo hacen son expulsadas de los colegios y universidades, de sus puestos de trabajo y de su familia. La sociedad las ha relegado, en su mayoría, a ejercer la prostitución, que aunque es un trabajo, las condiciones para ejercerlo son precarias, más aún para ellas. Son relegadas entonces a sobrevivir en la noche, a ser asesinadas porque no se ven de acuerdo con lo que dictamina su genital, a ser menospreciadas y violentadas sin la protección de un Estado que ni siquiera reconoce su existencia.

Así pues, mi invitación es a que extendamos la percepción que tenemos de género, no limitándola únicamente a los problemas de las mujeres, sino también a la diversidad sexual y de género que es un amplio campo de estudio interesante y necesario. La mayoría de los y las economistas estamos acostumbrados(as) a que, sin el dato, la cifra, el índice, etc., no se puede abordar una situación para posterior análisis. Vale recordar que la economía es mucho más que la matematización y la econometría, éstas proporcionan herramientas, útiles pero no indispensable. Invito así a que incluyamos a esta población en nuestros análisis, de manera cualitativa mientras encontramos la forma de que estas personas se hagan visibles también en términos cuantitativos.

 

Publicado por

Lucy Victoria Ojeda

Profesora Asociada en UNICIENCIA

 

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